Cada curso, cuando llega a su fin, despido a mis alumn@s del grupo de Interculturalidad con una sensación lejana de pérdida, aunque muchos de ellos hayan renovado matrícula para el siguiente curso, o te hayan prometido que van a volver en septiembre.
Además de la eventualidad física, -cambian de lugar de residencia con mucha facilidad por su gran desarraigo, en muchos casos-, hay otra pérdida más sutil, como la que sientes cuando te despides de un niño al que sabes que vas a tardar en volver a ver. El niño se irá y dará paso al impetuoso joven.
El adulto extranjero, al que apenas has dado algunas herramientas durante el curso para comunicarse en un idioma que no es el suyo. Al que le cuesta expresar sus ideas. Ese que constantemente necesita ser interpretado por un compañer@ para poderse comunicar con el resto de la clase. Le despides cada año con el convencimiento de que a la vuelta, en septiembre, se habrá operado la metamorfosis. Será un alumno nuevo con un nivel más alto del idioma, quizá con más errores lexicos y gramaticales, con una pronunciación andaluza-nigeriana, pero con unas destrezas de expresión y comprensión que triplicarán todo lo aprendido durante el curso. Y si no encontramos a ese nuevo alumno, entonces tendremos que asumir la parte de fracaso que nos toca.

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